Lo que aprendí sobre el miedo en Israel

Hay un momento en que el cuerpo deja de temblar. No porque el peligro haya pasado, sino porque algo dentro de ti se rinde al presente.

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Era octubre. El aire de Yerushaláim tiene un olor que no existe en ningún otro lugar del mundo: piedra caliza, especias de mercado y algo parecido a la antigüedad misma. Yo llevaba tres semanas recorriendo el país cuando las sirenas sonaron por primera vez.

No es el sonido lo que te paraliza. Es el silencio que viene después.

El mercado que no gritó

Estaba en Mahane Yehuda cuando escuché ese aullido largo, continuo, imposible de ignorar. La gente a mi alrededor no gritó. No corrió en pánico. Hicieron algo que me dejó completamente desconcertado: miraron hacia arriba, calcularon, y caminaron hacia los refugios más cercanos. Sin empujarse. Sin gritar.

Yo me pegué a una pared. Mi corazón latía a un ritmo que no reconocía. Y entonces una mujer mayor, con una bolsa de verduras en cada mano, me miró a los ojos y me dijo algo en hebreo que no entendí. Pero el tono era clarísimo: tranquilo, firme, casi amable. Como si me dijera: bienvenido a martes.

Ahí empezó la pregunta que no me abandonó durante semanas: ¿cómo sobrevive un pueblo, no solo físicamente sino psicológicamente, cuando el peligro no es un evento aislado sino el fondo permanente de la vida cotidiana?

Lo que ocurre en un cerebro que no puede huir

La investigación sobre resiliencia bajo amenaza prolongada apunta a algo contraintuitivo: quienes viven durante años en zonas de conflicto no acumulan más pánico agudo con el tiempo, sino menos. El sistema nervioso, cuando comprueba que no puede escapar del peligro, deja de gastar toda su energía en la alarma y empieza a integrar la amenaza dentro de su rutina.

Ojo con la palabra: integrar no es ignorar. No es negación. Es dejar de tratar el peligro como una interrupción y empezar a tratarlo como parte del terreno.

Y lo más impactante vino esa misma noche.

El mercado estaba abierto

Después de que sonó el «todo despejado», volví a Mahane Yehuda. Los vendedores habían regresado a sus puestos. La gente compraba pan, discutía precios, se reía. Un hombre tocaba la guitarra en una esquina.

No era negación. Era una decisión colectiva de no dejar que el miedo eligiera cómo se vive el día.

La psicología tiene un nombre técnico para esto: continuidad conductual bajo amenaza. En Israel no lo llaman así. Lo llaman, simplemente, seguir.

Cuando el pánico ya fue procesado hace generaciones

Me quedé varios días más y empecé a notar cosas que al principio se me habían pasado por alto. Los edificios tienen refugios integrados desde hace décadas, algunos desde 1948. Las instrucciones de qué hacer durante una alerta están en los hoteles, en los restaurantes, en los autobuses, impresas con la misma neutralidad con que en otros países señalan las salidas de emergencia.

La preparación no genera pánico. Genera lo contrario: el pánico ya fue procesado hace generaciones y lo que queda es procedimiento. Y el procedimiento libera la mente para otra cosa.

¿Para qué? Para vivir con una intensidad que en otros lugares sencillamente no existe.

Conocí a un estudiante en Tel Aviv, Eran, veintidós años, que me dijo una frase que no he podido olvidar: «cuando sabes que el tiempo no está garantizado, cada conversación importa más». Y luego aclaró, casi molesto: «no es filosofía. Es que literalmente no puedes darte el lujo de dejar las cosas para después».

Esa mentalidad tiene un efecto secundario que se ve en las cifras: Israel es uno de los países con mayor concentración de startups por habitante del mundo. No es casualidad. Cuando ya has procesado amenazas reales, el riesgo empresarial se encoge. El miedo al ridículo se evapora. Lo que queda es una tolerancia al riesgo que en otras culturas tarda generaciones en aparecer, si es que aparece.

La palabra que faltaba: bitajón

Pero había algo más profundo, y me llevó semanas entenderlo. Porque lo que vi en ese mercado no era solo un mecanismo psicológico. Tenía un nombre en la propia tradición del lugar.

En hebreo hay dos palabras que solemos traducir igual y no significan lo mismo:

La emuná se puede tener sentado. El bitajón solo aparece cuando hay que caminar. Y eso fue exactamente lo que vi: gente caminando.

El puente angosto que casi todos citan mal

Hay una frase de Rabí Najman de Breslev que se canta en todo el mundo judío:

«Todo el mundo entero es un puente muy angosto; y lo esencial es no tener miedo en absoluto.» Rabí Najman de Breslev — «Kol haolam kuló guésher tzar meod»

Así es como se canta. Pero varios estudiosos han señalado que el original que quedó escrito en Likutéi Moharán dice algo ligeramente distinto y mucho más útil: lo esencial es no paralizarse de miedo —no fabricarse el miedo uno mismo—.

La diferencia lo cambia todo. La primera versión te exige una emoción imposible: no sentir miedo. La segunda te pide algo humano y hacedero: siente lo que tengas que sentir, pero no dejes que te clave los pies en el puente.

Es la misma idea que aparece en Tehilím: «aunque ande por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo» (Tehilím 23:4). Fíjate en el verbo. No dice que rodee el valle, ni que lo evite, ni que espere a que despeje. Dice que anda por él.

✡️ Tres cosas que aprendí en ese mercado

  • El procedimiento libera la mente. Cuando sabes exactamente qué hacer, dejas de gastar energía en decidirlo. La preparación no es pesimismo: es lo que te devuelve el día.
  • Volver es más poderoso que no haberse ido. Que el mercado reabriera esa misma noche decía más que cualquier discurso: el miedo no eligió por ellos.
  • Bitajón no es ausencia de miedo. Es caminar con él al lado sin cederle el volante.

Lo que occidente perdió por el camino

Esa mujer del mercado con sus bolsas de verduras. Esa calma que yo no lograba comprender. No era insensibilidad. Era el resultado de algo que el mundo moderno ha ido perdiendo casi por completo: la práctica colectiva de sostener lo difícil sin huir de ello.

En una cultura que cambia de pantalla cuando algo incomoda, que tiene una aplicación para cada ansiedad y un pódcast para cada crisis, la capacidad de quedarse con lo duro sin resolverlo de inmediato es casi una habilidad extinguida. Allí la tienen. No por nada místico: porque la historia no les dejó otra opción y ellos la convirtieron en fortaleza.

El miedo no desaparece. Aprendes a caminar con él sin dejar que decida por ti.

Eso es lo que sobreviví en Israel. No solo las sirenas, ni los días de tensión, ni los momentos en que el estómago se congela. Sobreviví a la versión de mí mismo que creía que la seguridad era la condición necesaria para vivir plenamente. No lo es. Nunca lo fue.

Aquella mujer no me estaba diciendo que no tuviera miedo. Me estaba mostrando que el miedo puede convivir con la dignidad, con la rutina y con la vida.

¿Hay algo en tu vida ahora mismo que estás esperando que se resuelva para empezar a vivir del todo? Porque quizá esa sea, exactamente, la pregunta equivocada.

Historias de la Torá, del Talmud y de Israel que explican por qué la mente humana actúa como actúa. Un video nuevo cada semana.

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